Jueves, 26 junio 2025
Duodécima semana del Tiempo Ordinario
Palabra del día
Evangelio de Mateo 7,21-29
Akùo y poièo
El que escucha las palabras y las pone en práctica… es el procedimiento para poder construir la propia vida fuerte y resistente contra el Maligno, como una casa sobre la roca, fuerte y resistente contra las tormentas y el viento.
Escuchar. El verbo evangélico es akùo, “escucho, oigo, aprendo, comprendo; llego a conocer; aferro con el oído; hago caso, obedezco, atiendo; adhiero”. No es sólo percibir con el oído, sino es también percibir y al mismo tiempo obedecer espiritualmente. Akùo es todavía “escucho con atención, comprendo y aprendo, atiendo”. Se trata de estar en un estado de atención acústica donde, junto con la oreja, tendida a oír toda cosa, también todo el ser está en un estado de percepción para orientarse. Es el escuchar atentamente, totalizador de aquel que en un bosque, escuchando los ruidos y los sonidos, no sólo entiende dónde está y qué está moviéndose, sino también se orienta y orienta su propio camino. La raíz de este verbo habla de “humildad”: su base acadia aku significa de hecho “humilde”.
La Palabra prevé el humilde escuchar y junto el poièin, el hacer. El verbo poièo, “hago, creo, procuro; fabrico, produzco, realizo, cumplo, ejecuto, opero, actúo”, indica la acción de ejecutar una obra, un trabajo, una tarea. Pachu, “hacer”, es la base acadia de este verbo, indica el llevar a cumplimento la ejecución de una obra, entonces poièo se traduce también con “concluyo, acabo, resuelvo, termino, ultimo un proyecto”. Poièo indica el ponerse en marcha para empezar, cumplir y concluir una obra, es el hacer, el ejecutar un proyecto de punta a cabo.
Según las palabras de Jesús, con respecto a los procedimientos evangélicos, está claro que en la vida no se pueden nunca separar estos dos verbos akùo y poièo, pena la construcción de una casa, de una vida espiritual y social peligrosamente fundada sobre la arena, sobre la nada. Escuchar humildemente y hacer con pasión la Palabra es la única manera para realizar el evangelio y hacerlo vivo y espléndidamente contagioso en la vida. Es la única manera para ser de Jesús y para ser por él reconocidos como hijos de Dios. Nunca nadie entre nosotros será perfecto sobre esta tierra en el realizar con plenitud y coherencia la unión de estos dos verbos con respecto al evangelio, pero Dios no pide perfección para reconocernos como hijos, pide más que nada constante pasión para no dejar, imperecedero deseo para no desanimarse, continua humildad para pedir perdón y volver a empezar, volver a empezar siempre y de todas formas. Al final de nuestra vida el Señor no nos reconocerá como sus hijos y amigos si nos encuentra victoriosos, con el árbol de nuestro orgullo, de la vanidad y pereza, de los vicios, de las envidias y ambiciones, de las posesiones, de las presunciones y faltas de amor completamente talado ante nuestros pies, sino si nos encuentra con la azuela en mano todavía humildemente y tenazmente trabajando.
No la justicia, el sentido del deber, el miedo del infierno, la ley, la ambición tienen la fuerza de mantener pegados entre ellos estos dos verbos akùo y poièo, para realizar el evangelio en la vida cotidiana. El amor, sólo el amor es el pegamento supremo que tiene el poder de mantener tenazmente y cotidianamente pegados estos dos verbos para realizar la potencia del evangelio. El amor nadie lo posee, el amor no es una meta, es un camino, el amor se aprende, el amor se pide y se implora a Dios, que es Amor, se implora por mucho tiempo, sin cansarse nunca, en la intimidad del corazón.
Según Jesús, quien no desea aprender a amar y no quiere fundar su vida en el amor, es simplemente un estúpido, porque construye para su misma ruina.
Jesús utiliza dos analogías para distinguir dos maneras opuestas de interpretar, emprender y construir la vida: una casa construida sobre la arena es una vida sin aprender a amar, una casa construida sobre la roca es una vida que humildemente aprende a amar. Arena y roca son el mismo material observado en tiempos distintos. La arena era roca que a través del tiempo se ha usurado y triturado en miles de millones de infinitesimales cristales. El amor puede ser erosionado por los vientos de la falta de fe, por las tormentas de pobreza y miseria, provocadas por la ausencia de la fuerza del deseo, por el apagamiento de la pasión, por la reducción del entusiasmo, por la negación de la potencia curadora del perdón dado e implorado. La roca puede volverse arena, pero es también verdad que al fuego del Espíritu Paráclito y del Amor divino la arena puede volverse a fundir en lava y volver a ser nueva roca, roca de amor sobre la cual construir casa, vida, ciudad e historia.