Lunes, 30 junio 2025
Decimotercer semana del Tiempo Ordinario
Palabra del día
Evangelio de Mateo 8,18-22
Más allá
Él ve la muchedumbre a su alrededor y ordena: èis tò pèran, más allá, a la orilla opuesta. Pèran significa adelante (al otro lado), más allá, opuesto, en este caso con el sentido de opuesta orilla, pero mejor sería, el más allá, algo más, más allá de aquel límite, aquel confín, aquella fin, aquel término, aquella conclusión.
Se le acerca un experto de la ley de Dios, un teólogo de esos tiempos, que afirma: Maestro, te seguiré adonde vayas
Luego se acerca uno de sus discípulos y le pregunta: Señor, permíteme que vaya antes a enterrar a mi padre. Aquí también Él, contesta más allá de los vínculos familiares, más allá de la muerte, más allá de las conveniencias, completamente más allá de las convicciones y de las expectativas humanas. Afirma que los muertos deben enterrarse por sí solos, que la historia pasada se archiva por sí sola. Afirma que quien ha emprendido el camino con Él, ya no tiene familia, ya no tiene vínculos, ya no tiene casas, expectativas de los demás que respetar y honrar.
Él está más allá, está verdaderamente adelante, más allá. ¿Más allá de qué? ¿Más allá de cuál dónde? ¿Más allá de cuál cuándo? ¿Más allá de quién? Él está más allá del respiro, del corazón, de la mente, el centro motor que todo hace girar en este mundo así como nos lo hemos construido. Él está más allá de la ambición. En este mundo todo y toda cosa están conducidas por la ambición. Trabajo, afectos, dinero, prestigio, éxito, religión, moral, ley, política, relaciones. La ambición es el verdadero realísimo motor que mueve y motiva todas las cosas que se hacen cada segundo en este mundo. Es la sangre que fluye en las venas de las familias, es el pegamento de las relaciones humanas, llena las cuentas en el banco, baña de sangre los campos de batalla. Es la ambición que hace morir de privaciones, de hambre y de miseria millones de pobres en el mismo instante en que pocos otros se despendolan con cada bien. Es la ambición que hace elegir las cosas y las personas. Es la ambición que despierta de noche con la taquicardia, que procura ácidos en exceso a la digestión, que crea la tensión endemoniada a las estructuras conectivas, que agita el respiro y genera ansia y sentimientos de culpa, que baja las defensas inmunitarias, que quita energía, que se preocupa obsesivamente de los detalles y deja a medias los bienes supremos, multiplica los esfuerzos y reduce los resultados. Es la ambición que se encarga de presionar hasta los conflictos, hasta el homicidio, hasta el suicidio, que transforma la fe en religión, la religión en fanatismo, la ciencia en ignorancia, la política en dragón violento y predador. Es la ambición que trasforma el dono en protagonismo, el amor en posesión, la misericordia en justicia, la justicia en ley, la ley en tribunal, el tribunal en prisión. Es la ambición que desnuda la gratitud hasta la escueta arrogancia, y derrite la potencia del perdón que se pide y se ofrece en el veneno vulgar e insipiente de la justificación. Es la ambición que anula la dignidad humana y quebranta su libertad y su nobleza divina y desvía el verdadero progreso en perversa involución. Es la ambición que puede entrar adondequiera en la vida del hombre y envenenar cada cosa.
Él nos invita a ir más allá, mucho más allá, más allá de las orillas de la ambición, donde nos espera una vida aún desconocida y maravillosa, llena de verdadero bienestar para todos, de alegría y compartición. El primer paso del despertar espiritual, el primer escalón hacia la sabiduría y la iluminación, el primer respiro de la conciencia, el primer pensamiento de la metànoia, la primera novedad del cambiamiento ocurre cuando una persona se da cuenta, serenamente pero decididamente, que toda su vida, exactamente todo de su vida, también sin darse cuenta, estaba empujado, movido, motivado completamente por la ambición. Más allá de la ambición hay el camino maestro del evangelio, la puerta estrecha, el secreto de los secretos, la vía de luz, la resurrección de la humanidad. Más allá de la ambición están las orillas evangélicas de las Bienaventuranzas, el corazón del corazón del evangelio, las Bienaventuranzas que Él ha dejado al mundo como verdadero motor de la vida, para el movimiento del espíritu hacia el verdadero bienestar y la felicidad plena, alternativa al motor que desde dentro está moviendo al hombre, en cada paso suyo, hacia la infelicidad. Las Bienaventuranzas están completamente más allá del veneno que está envenenando el mundo y la manera de vivir del hombre en cada dimensión suya, porque las Bienaventuranzas inspiran a hacer cada cosa por amor, humildemente, con gratuidad y agradecimiento.