Domingo, 2 noviembre 2025
Conmemoración de todos los Difuntos
Conmemoración de todos los Fieles Difuntos
Palabra del día
Evangelio de Juan 6,37-40
El mandato del Mandado
Jesús es el Cristo, es decir el Ungido, el Consagrado, el Mandado. Jesús un día ha sido enviado por el Padre celestial a la tierra, con un mandato extremamente preciso y absoluto. Por toda la duración de su visita a la tierra, la voluntad del Padre se vuelve el mandato mismo de Jesús, que Jesús espléndidamente así expresa: que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. En el engaño cotidiano de Satanás, el hombre se está perdiendo, perdiendo completamente, y Satanás se lo está quitando todo. El hombre está perdiendo a sí mismo, la tierra en la que vive, la vida misma, el aliento, la serenidad, el gozo, la luz del conocimiento, la paz, el verdadero bienestar para todos. El hombre se está perdiendo y no hay más luces que sepan iluminar su camino y no hay más sal de inteligencia que pueda volver a dar sabiduría a su mente. El mandato de Jesús es el de proveer a la humanidad los procedimientos del evangelio que él mismo perfecta y estupendamente encarna, para levantar toda la humanidad hacia la luz de una nueva evolución.
El evangelio es un sistema innovador y revolucionario que, si vivido y realizado, asegura el nivel más alto de evolución humana en todos los aspectos de la vida y de la existencia. Es un sistema tan perfectamente eficaz y funcional, cuanto todavía completamente desconocido e inutilizado tanto por la humanidad en general como por los que lo proclaman. La prueba que nadie está verdaderamente utilizando el evangelio como sistema vital para la vida es el malestar, la miseria, la enfermedad, el miedo, la esclavitud, la ignorancia, la involución en las que la humanidad se halla.
El mandato de Jesús no es fundar una nueva religión en la tierra – nadie más que el Padre sabe perfectamente que el hombre no necesita otras religiones, otros poderes, jerarquías, instituciones – sino hacer que ninguno de los hijos de Dios se pierda y vaya perdido. El mandato de Jesús no es que el hombre no se pierda y no vaya perdido únicamente con respecto a la vida eterna sino, antes que todo y sobre todo, que no se pierda y no vaya perdido con respecto a la vida en esta tierra. El hombre que se pierde y va perdido en esta tierra es un hombre que crea sufrimiento, tristeza, injusticia, violencia, conflicto, vanidad, ambición, destrucción. El mandato del Mandado es que el hombre sea recuperado a la vida de la tierra aún antes que a la vida del cielo. No se puede recuperar al hombre a la hermosura y a la armonía del cielo eterno, sin recuperar el hombre a la hermosura y a la armonía del cielo de esta vida terrena. Es engañoso, limitante e incorrecto anunciar que Jesús ha sido enviado por el Padre a la tierra exclusivamente para que los hombres puedan alcanzar el paraíso, la vida eterna. Es esta incorrecta convicción que ha causado la neta, terrible, mortal separaciòn entre espiritualidad evangélica y vida social, entre espiritualidad y laicismo. El mandato de Jesùs es ante todo que nadie de los hijos de Dios pueda perder la hermosura, la gracia, el amor, la felicidad, la paz de la vida aún en esta tierra. Serán la hermosura, la gracia, la felicidad, la paz, el amor vividos en la vida terrena que abrirán las puertas de la vida sin fin en los cielos de los cielos.
Jesús recibe el mandato del Padre de garantizar a la humanidad antes de todo su espléndida evolución en la tierra, para prepararla a la dimensión celestial, y jamás de los jamases para que el hombre pueda entrar a la dimensiòn celestial negando o ignorando la dimensión terrenal. El mandato de Jesús es el de liberarnos el corazón de la esclavitud, la mente de la ignorancia, el espíritu del miedo, para que ninguno de los hombres se pierda y vaya perdido. El evangelio es un sistema de procedimientos y de conocimientos que aseguran el éxito, la perfección, la salud, la felicidad total de la existencia humana en la tierra.
El mandato del Mandado es salvar a todos, no sólo para la vida del cielo sino antes que nada, para la vida en esta maravillosa tierra y, en nombre de este mandato, el Mandado no ha titubeado a dejarse torturar y matar. El Mandado tiene un solo deseo, el mismo deseo del Padre y del Santo Paráclito: que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día. Pasarán los cielos y la tierra pero este deseo de Dios no pasará. Estamos todos fluctuando en el corazón de este espléndido deseo divino.