Comentario a la Palabra de hoy

En esta sección cada día es posible encontrar una reflexión sobre el Evangelio del Día.

Lunes, 4 mayo 2026

Quinta semana de Pascua

Palabra del día
Evangelio de Juan 14,21-26

Paràkletos

Cuando uno tiene hambre ¿es preferible que se coma un risotto o zamparse la receta del risotto? En un cuarto oscuro ¿es preferible hacer luz con una vela o con la fotografía de una vela?
 Durante una tarde fría de invierno ¿es preferible calentarse cerca del fogón encendido o cerca del dibujo de un fogón?
 El hombre se ha olvidado que sin el Espíritu, abandonando el Espíritu y la dimensión espiritual, todo, precisamente todo de la realidad de la vida se vuelve icono vacío, simulacro falso, imagen inconsistente, recuerdo nulo de la realidad y todo pierde su vital eficacia y belleza, su significado esencial. El gran miedo, el gran estado de terror, ignorancia, pereza y el no sentido, el malestar, la confusión del hombre nacen del olvido, de este terrible olvido. El hombre propende a olvidar esta realidad: sin la dimensión del Espíritu todo es nada, a nada sirve y nada se queda. Por eso Jesús afirma que el Espíritu santo les recordará lo que les he dicho, porque es el deber del Santo Espíritu despertar a los corazones, transformar el oscuro olvido en luminosa conciencia.
 Es precisamente esto el deber del Santo Espíritu: sugerir día y noche en el corazón del hombre y de la historia los procedimientos de Jesús llamándolo y volviéndolo a llamar desesperatamente sin cesar nunca. Escribe el apóstol en Galatas 4,6: Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo» ¡Abba!, es decir, ¡Padre!. El recordar del Santo Espíritu no significa traer a la mente un hecho olvidado, acto que inevitablemente nos aleja del presente; es en cambio, según las Escrituras, revivir aquel acontecimiento a la luz de un nuevo significado, que ya había pero que habíamos malentendido. Sólo por acción del Espíritu Santo acontecen las iluminaciones, y cada iluminación es sólo el recordar en el Espíritu todo lo que Jesús ya ha soplado dentro de cada uno de nosotros. En este sentido nosotros no somos nunca, nunca solos dentro de nosotros, nunca por un instante. El Santo Espíritu está dentro de nosotros e inspira y hace recordar y revivir, despertar y curar. El recordar de la mente está al recordar del Santo Espíritu como la fotografía de un cerezo está al hecho de haberse encaramado encima de las ramas con las manos y la boca llena de cerezas. En este sentido el nombre que Jesús nos ha regalado para invocar el Espíritu no es sólo sorprendentemente nuevo, sino magníficamente anticipador: Paráclito.
 El término griego Paràkletos deriva del verbo parakalèo – compuesto a su vez por la partícula intensiva parà, “en” y por el verbo kalèo, “llamo, invito” – con el significado de “invoco, ruego, consuelo, amonesto, defiendo, consuelo, conforto”. Paràkletos es aquel que socorre en tribunal, es el intercesor, el defensor, el patrocinador, el abogado, el garante, el ayudante, en el mismo tiempo es “aquel que invita cerca de si mismo” para consolar. Paraclito es entonces Aquel que consuela y defiende. El Espíritu Santo Paráclito es el Consolador y el Defensor siempre y contemporáneamente. El término Paràkletos, consolador-defensor, nace en ambiente forense. En los tribunales hebreos había un personaje desconocido hoy en día: cuando se pronunciaba una sentencia, pasaba a veces que un hombre de buena reputación se acercara silenciosamente al lado del acusado: era llamado de hecho paráclito, consolador-defensor. Su silencioso testimonio confundía los acusadores.
Nada y nadie confunde y acalla al Acusador (Apocalipsis 12,10), el diablo, como la presencia amable y el viento impetuoso del Espíritu que siempre e indefectiblemente consuela y defiende a los hijos de Dios.