Viernes, 15 mayo 2026
Sexta semana de Pascua
Palabra del día
Evangelio de Juan 16,20-23a
¿Gozo para quién?
Es sutil, muy sutil el confín entre querer a una persona, amarla y amar su felicidad y el hacer las cosas para hacerla feliz. En el primer caso las acciones se cumplen por amor, en el segundo caso se cumplen por posesión. El querer, el amor, pertenece al mundo de Dios, el complacer a los demás pertenece a Satanás. En el complacer a los demás no hay amor, por el contrario, es la anulación misma del amor con la única ventaja del crecimiento del propio ego en detrimento de la propia identidad y nobleza individual. Jesús sabe que para ser felices tenemos que renegar nuestro ego y nuestras ilusiones, a las cuales hemos atado nuestra inconsistente felicidad; esto puede llevar a una cierta forma de tristeza y contrariedad mental, a una especie de abstinencia del efímero. Jesús nos asegura que este sufrimiento es poca cosa y completamente falso, absolutamente no comparable a la felicidad y a la paz, al sentido de plenitud y de bienestar, de unión con el universo y con la vida que podemos alcanzar, adhiriendo a sus procedimientos.
Satanás se porta exactamente al revés. Para engañarnos y destruirnos intenta complacernos en todas nuestras ilusiones y felicidades efímeras y, cuando estamos escasos de provocaciones y fantasías, nos tienta en todas las maneras posibles para que nos las creemos. El objetivo de Satanás es complacernos, contentarnos, pero no para hacernos felices. Su finalidad es hacer sí que nos sintamos felices sin estar en la felicidad, que nos sintamos satisfechos quedando en el estado de suspensión, que nos sintamos contentados sin conocer amor, que intentemos complacer a los otros, ahogando en la más total desconfianza en nosotros mismos, que nos abandonemos a la tranquilidad de las comodidades, sin nunca experimentar la armonía y la potencia del movimiento de la paz. Los procedimientos que el evangelio propone para la felicidad del hombre no son inmediatamente útiles para contentarnos, para hacernos felices, para complacer nuestro ego, por el contrario. Para resultar más claro, Jesús utiliza en esta página el ejemplo del momento momentáneo de dolor del parto que abre enseguida al gozo de una nueva vida.
En otras páginas, Jesús, para hacernos entender mejor este concepto, utiliza el ejemplo de la elección que cada hombre debe hacer ante la puerta estrecha de la felicidad que lleva a la vida y a la puerta ancha del complacer y complacerse que lleva a la perdición. Que Jesús nos ame de verdad y de verdad desee hacernos felices, se entiende porque no tiene ninguna intención de complacernos y de contentarnos y complacer a nuestro ego, a costa de resultar absolutamente impopular, ridiculizado, condenado y violentamente eliminado por los hombres. Hacernos felices es una declinación del verbo del amor. Complacer es una declinación del verbo del poseer.
En esta página luego hay una aclaración evangélica maravillosa sobre la calidad del gozo, sobre la tipología de felicidad que Jesús tiene la intención de regalarnos, característica que se añade a la de gozo pleno y rebosante presente en otros versículos. Este gozo tiene una característica: nadie/nada lo podrá quitar. Para expresar nadie está utilizado el adjetivo oudèis– formado por oudè, “tampoco”, unido a èis, “uno”, o sea “ni siquiera uno, “nadie y nada”-; el verbo, en cambio es àiro, “quito fuera, quito en medio, elimino, destruyo; levanto, alzo, tomo, me asumo, me hago cargo, emprendo”. La etimología acadia es ba’aru que indica el coger en el anzuelo, el apretar al lazo. Es un gozo pleno, rebosante porque viene del Espíritu y duradero porque nada ni nadie puede arrancárnoslo fuera, a diferencia de la felicidad efímera, del frágil placer, del débil contentarse evanescente de las complacencias satánicas. La felicidad que Jesús quiere darnos no es una promesa para complacer la sugestión popular, sino es el corazón mismo de la vida y de la supervivencia de nuestra especie. Como Señor de todas las cosas, al cual el Padre ha dado en la mano todo poder y conocimiento, Yeshùa sabe que ser felices permite vivir mucho más, sabe que enfadarse es una pésima costumbre emotiva y que preocuparse por lo que venga es una peligrosa actividad mental, que facilita las enfermedades y las desarmonías. Él sabe que retener pensamientos infelices de cualquier tipología destruye las capacidades de defensa de nuestro sistema inmunitario y desequilibra el sistema electro-químico de nuestro sistema nervioso. Él sabe que la felicidad que nos quiere donar es la fuente misma de la salud completa de su hija, la humanidad.