Comentario a la Palabra de hoy

En esta sección cada día es posible encontrar una reflexión sobre el Evangelio del Día.

Jueves, 13 agosto 2026

Decimonovena semana del Tiempo Ordinario

Palabra del día
Evangelio de Mateo 18,21 – 19,1

Indignación

Hay una maldad que es superior a cualquier otra maldad, hay una dureza del alma que es superior a cualquier otra dureza, hay un pecado que es superior a cualquier otro pecado, hay una violencia que es superior a cualquier otra violencia. Nada enciende la indignación divina como esta terrible y aberrante y absolutamente estúpida actitud mental y espiritual. Es la manera más perfecta de blasfemar a Dios y a su Santo Nombre, es burlarse de su majestad, enfangar en el estiércol su gloria, escupir veneno en cara a su omnipotencia. Es rascar fuera a la fuerza, con las propias manos, el propio nombre del libro de la Vida, para siempre. Es meterse en contra de todo y de todos, es hacerse enemigas las fuerzas del universo visible y de aquello invisible. Cuando Satanás logra instigar una mente y un corazón a portarse de esta manera, cumple su suprema y total victoria, es la manera con la cual logra transformar un hijo de Dios en hijo suyo, lo inerva genéticamente de su esencia.
Jesús expresa esta actitud mental y espiritual diciendo literalmente: ¿No tenías tu también que misericordiar a tu compañero, así como yo he misericordiado a vos? He aquí, este es el mal, el verdadero mal del mundo, el mal que mata el corazón, masacra las relaciones humanas y enciende la indignación de Dios, de los ángeles, de la creación. Pedir a Dios piedad e implorar misericordia, es más, implorar de ser misericordiados – como dice el evangelio – y recibir como pronta respuesta, del corazón de Dios, el amor y la compasión, mejor dicho, la condonación total para nuestros enormes errores y pecados, e, inmediatamente después, no donar piedad, no ofrecer perdón y misericordia a nuestros compañeros de viaje por sus faltas, errores, pecados hacia nosotros, he aquí, este es el mal verdadero y supremo que enciende la indignación de Dios.
Este es el mal que está más allá de todo mal. Este es el mal que constriñe Jesús a revelarnos la verdad más dura y triste, peligrosa y terrible de todo su decir: ¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?". E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.
Quien cumple este mal, reúna todas sus fuerzas, se prepare a devolver, a devolver todo, pero precisamente todo, hasta el último céntimo, primero al universo, después a la vida y por último a Dios, de lo que ha hecho faltar y ha quitado al amor, a la gracia, a la belleza, a la luz, a la verdad. Y los hombres no saben, efectivamente no saben qué signifique y conlleve esto, de lo contrario consumirían las rodillas para pedir de ser misericordiados por Dios y consumirían los abrazos para misericordiar los propios compañeros de viaje.
Una cosa es absoluta y cierta, y lo subraya perfectamente el relato evangélico: aquello del cual somos deudores a Dios, a su amor, es, de manera incalculable, infinitamente superior a cualquier deuda que nuestros hermanos puedan haber contraído con nosotros. No hay proporción que se pueda mencionar y calcular. Pedir a Dios el perdón y recibirlo, ser desadeudados de todo el mal cumplido y, en el mismo instante, condenar los hermanos, criticar, calumniar, juzgar nuestros compañeros de vida terrena por las ofensas y las heridas que nos han ocasionado, nos vuelve estúpidos: es renegar a Dios, a su paternidad y a su amor para siempre, es implorar a Satanás que nos regenere como hijos suyos. Quizás es por esto que grandes figuras de la historia bíblica, grandes profetas y guías del pueblo, han sido elegidos por Dios entre grandes pecadores e incluso entre asesinos. Moisés y Pablo de Tarso son un ejemplo: el Padre celestial sabía que haber condonado así tanta deuda a estos hombres, que después hubieran debido servirlo, guiando su pueblo, los hubiera vuelto muy sabios, humildes, compasivos e infinitamente, infinitamente pacientes con su pueblo, más allá de todo límite humano, si no siempre por amor, por lo menos por honestidad intelectual. Para semejantes hombres, que a su vez habían sido tanto amados y perdonados, ningún pecado y traición del pueblo, ningún fastidio infligido por la gente hubiera sido demasiado grande para hacerles perder la paciencia y la predilección, y sobre todo para asegurarse de no tener nunca que recibir las palabras llenas de indignación del Padre: ¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?". E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.